7 marzo, 2017

Nunca pensé que en un pueblito perdido de Campeche fuera a encontrarme una morenaza tan sabrosa y candente.

Ya había yo escuchado en la tele esos comerciales de Campeche, el tesoro escondido de México, pero nunca pensé que entre esos tesoros hubieran viejas tan sabrosas como esta. Pero cuando estuve una noche de paso por Calkiní, la hija de la dueña del hostal, que andaba en recepción me estuvo tirando el calzón toda la tarde. Me puse a platicar con ella y nos la pasamos bien chido, así que intenté y anoté: le dije que la esperaba en mi cuarto cuando acabara mi turno para seguir platicando.

Para mi sorpresa, la morocha fue y ahí le invité a unas chelas que la pusieron bien caliente y terminé garchándola en mi habitación. Se abría de patas tan sabrosa y apretaba tan chingón el chocho, que cambié mi viaje para pasar una semana entera en ese pueblito alejado de la mano de Dios, únicamente para poder seguir cochando con ella tan seguido y tan sabroso, que a ver si no la dejé preñada de tanta leche que tuvo que tragarse la putita.